LA VIDA PUERCA
La vida Puerca, son una serie de escritos no necesariamente referenciales.. En ellos se entrelaza la ficción, lo documental y la biografía, en igual proporción, y confusión.. El titulo, alude a aquella novela de Roberto Arlt, que llevó el nombre de "El juguete rabioso". "LA VIDA PUERCA" fue descartado como titulo, por sugerencia del asesor de mercado de Arlt que "le aconsejó" un titulo que no alejase a los posible lectores.
domingo, 3 de marzo de 2013
LAS RATAS
Habían sido buenas adquisiciones. Estaba contento... Al salir de la librería me encaminé hacia plaza San Martín... Sobre el mirador que daba a la torre de Los Ingleses pude ver al gringo Ona, que me esperaba con los anteojos puestos que yo hubiese tirado a la basura la semana pasada y que él había prometido arreglar... Lo había conseguido uniéndolos con unos metalcitos que había sacado de la oficina donde trabajaba, y las patitas habían quedado como nuevas... Inmediatamente pensé que el gringo en su trabajo tenía mucho tiempo al pedo... Para mí era fácil pensarlo. Yo practicamente no trabajaba. Con sobrevivir era bastante, y no quería perder la dignidad trabando a tiempo completo por dos pesos en algo por lo cual no sintiese pasión, esa enfermedad pasajera de la que hablaba la tía Elsa. "Verguenza es robar", decìa papá, nada sabía de mi, afortunadamente. Cuando lo decía, yo asentía. "Como una rata mantenida a planes" dirìa la Tía Techi. Pero yo no tenía planes, ni vivía de ellos. Apenas llegaba a ver posibilidades. Sin poder ver demasiadas opciones yo era una rata consciente; un perfecto vago idealista.Una lacra con alguans raíces burguesas y un poco de mediana educación mal utilizada en el diseño de la estrategia barata en la lucha por la supervivencia, en la gran ciudad que se comía los débiles. Una rata soñando ser conquistar de imperios. Una rata aspirando al gran queso grouyere del mundo.
Como sea, el gesto del gringo, de arreglarme los lentes, me resultó enternecedor. El de alguna secrteta manera, me recordaba el que yo ya no era. a alguien dulce, con valores, bondados.. en fin, me recordaba al ser que yo ya no era. con féPero me había parecido un buen gesto así que se lo agradecí como corresponde.
Después de unos minutos de hacer la conversación de acercamiento que disponía la situación, el gringo me invitó a comer unos panchos al Disca-Panch de Retiro. Tal actividad no carecía de lógica. Ambos gustábamos del grotesco, y encontrábamos siniestramente mágico el pedirle un pancho con mayonesa a una amputada, o nos nacía una especie de morboso placer el imaginarnos juntos por toda una vida con la muda que servía los panchos, o con la renguita que llenaba el vaso de pepsi. De alguna manera la posibilidad de enamorarnos de una mujer así nos abría la posibilidad de romper de una vez y para siempre la secuela de sucesivos fracasos que veníamos tristemente festejando con mujeres de lo más hermosas, de lo más perfectas, y de lo más crueles.
Pensábamos que la fragilidad de nuestro amor se abriría entonces hacia un nuevo mundo repleto de mujeres despreciadas como nosotros, y sus corazones entrarían en los nuestros, perdonándonos nuestras bajezas como así nosotros perdonábamos al omnipresente que así las había ofendido para siempre.
Es así que entramos al lugar, con las más grandes expectativas y no fueron pocas las desilusiones cuando notamos que la mayoría de los que nos atendían eran gruesos hombres que lo que menos inspiraban era lástima sino, consciencia de futuro que se hace transiprando la gota gorda a dos manos, o a ninguna...
Igualmente pedimos dos panchos, y dos vasos de Pepsi... De uno de los costados de la barra se apareció un hombre que supuesta (y también evidentemente) Se encontraba perfectamente favorecido por los beneficios del Dios Baco, en un estado de voluptuosa ebriuedad. Se arrojó hacia nosotros con la sonrisa más amplia y sincera que yo había visto en esos últimos dos meses desde que había llegado. Nos comentó acerca de su imposibilidad de estar más de dos horas sobrio, y también de la facilidad con que perdía cosas; había perdido su mujer, su trabajo, a sus amigos e incluso había perdido las ganas de recuperar cualquiera de estas cosas, y que no le sorprendería en cualquier momento perder la vida "En cualquier momento piedo la vida" - Decía. Y una sonrisa como una cicatriz, le cruzaba la cara. Nos contó que si el quisiera y si tuviera ganas bien se podía meter en un museo, encontrar una mujer hermosa, y que ella no tardaría en abrigarlo en su casa; el la enamoraría, y que incluso hasta podrían ir los domingos a pasear por Florida, y quedarse cruzando Lavalle, riendo junto a los artistas de monedas. Nos contó de esa vida grandiosa que ya no deseba... Y mientras sonreía comenzó a llorar.
Intuimos en Juan (Así dijo que se llamaba) un dejo de esperanza que no quería asumir. Llegó a decir que si no se mataba era simplemente por pura comodidad y que el sólo esfuerzo de matarse era un sinónimo de hacer algo y que el ya no quería hacer nada.
Después nos pidió unas monedas y se fué.
El gringo Ona me preguntó si yo pensaba que la historia era verdadera,le contesté que no me importaba pero que creia que había sido una historia interesante. ¿Qué me importaba a mí la verdad o la mentira? No me había aljeado de esas cincuentas casitas iguales para encontrar historias, para dibujar la mía... ¿que me importaban a mi las verdades? Mientras más pasaba el tiempo más costaba creer en cualquier verdad. Lo impoprtante eran las historias, y quizás; las verdades relativas, las mentiras piadosas que construyen imperios, paìses, religiones.
Terminamos de comer y nos colamos en el subte, era una práctica frecuente, que llevábamos adelante guiados por la más absoluta de las justicias. Yo pensaba y había logrado convencer al gringo del "Porqué habríamos de pagar lo mismo que aquellos que podían pagar para transitar libremente por un espacio en el que habitábamos? ¿Porqué había que pagar un servicio tan pésimo? ¿Porqué no teníamos derecho a gozar de las mismas comodidades de los que sí podían viajar a costa de haber venido su tiempo en alguna oficina? ... Eso y cosas pòr el estilo. A cada corrupción, y bajeza yo siempre trataba de minimizarla como una pequeña travesura, o de encontrarle una honorable justifiación que nos redimiese de cualquier culpa.Una práctica muy frecuente en los altos estratos políticos y sociales del buen vestir pero, cargada de penas y castigos para los infelices del último escalón.
Ya en el andén,el gringo me advierte "Tenemos que ir para el otro lado. Nos equivocamos de dirección" Y cómo no era cosa de volver a correr el mismo riesgo de que nos atrapasen, le propuse que cruzáramos la vías, y de paso nos quedásemos un ratito, pegado a la pared para sentir la velocidad del subte rozándonos las narices. Lo había echo alguna vez apenas había llegado. y el miedo a que mientas el subte pasase, yo udiera tambalear, moverme, pisar mal y que éste,a amás de no sé cuantos kilometros por hora me arrastrase por las vías, me había generado una sensación que de tan parecida al miedo a la muerte, se parecía al aferrarse a la vida. No había que ni respirar. Tenías que quedarte con la espalada contra la pared húmeda, cuidando de no tocar los cables "por si acaso". Y cuando se acercaba el sonido. Y cuando los cables hacían chipas, y las ruedas chirriaban. Y veías el farol acercarse por el tunel, cerrabas los ojos. Y cuando el peligro más hermoso y el miedo más grande pasaban, sentías que estabas vivo, que seguìas vivo. Que "casi" pero no. Yo había sentido eso, y como todos, coqueteaba con la idea de un día soltarme, de dejarme arrastrar. Como muchos, nunca lo hice, lo cual es una ovbiedad, puesto que acá estoy, escribiendo.
Desde aquella primera vez con quien no había podido compartirlo con nadie, no lo había vuelto hacer. Así que me parecía una buena oportunidad para compartirle esta intensidad al gringo. Creía que le regalaba algo importante a sus días repletos de oficina, de infancia en San Isidro, de fines de semana en isala de Tigre e infancia en escuelas privadas. Era mi regalo. El que yo podía dar. Luego, pensé que él hubiese preferido un par de lentes también. Pero bueno, los valores son siempre subjetividades organizadasm interpretaciones en conjunto. Yo interpretaba que era de valor un regalo así.
No tardé en mucho en convencerlo. El gringo siempre trataba de seguirme. El también buscaba historias, en su tedio. Por raazones distintas, los dos éramos esas ratas en ese tunel, jugando al peligro. Cuando estábamos cruzando hacia el anden opuesto para quedarnos sobre esa pared cuando pasase el primer subtre, justo en el medio, alguien gritó. Un policía que había salido de un cuartito de limpieza próxima ala escalreita por donde se bajaba al anden. Nos gritaba. Apuré el paso, cuidandome de no pisar los rieles. Pisando la parte con piedras. Pero el gringo no tuvo la misma precación y se tropezó. El policía, estaba intentando bajar y acercarse a nosotros pero luego, como en una peliícula típica de holliwod, escuchamos el rechinar del subtre que se acercaba a gran velocidad. sentimos el piso temblar. El grito del guardia que ya no se oía con claridad. Me acerqué para ayudar al gringo a levantarse. Y luego, nos tiramos contra la pared, de espaladas a ésta. Y el gringo sintìó. Y yo volví a sentir. Todo se trataba de eso. de sentir la vida. de ganar una historia. Como sea. Como en los libros. Pero nosotros éramos los héoroes y los autores al mismo tiempo.
Luego el subte paró. Subimos la escalerita y al subirla nos topamos con el chofer, quien sorprendido en un arrebato, me agarró, del brazo. Logré soltarme y comenzar a correr por el andén. El gringo tambien corría. Fuimos hasta el final del anden. Y como sabíamos que el subte no iba a detenerse por unos pendejos como nosotros. Esperamos el silbato para meternos en último vagón. Ya adentro los altavoces reprendían a unos muchachos, pero nosotros ya estábamos adentro y el subte andando.
Nos bajamos en Diagonal Norte y comenzamos a caminar hacia Uruguay donde estaban las prostitutas. Yo estaba en contra de ese turbio negocio, jamás había ido a uno, y hacia ahí estábamos yendo.Una vez más.. para hundirme más.
sábado, 2 de marzo de 2013
EL LADRÓN
Salí de la librería a eso de las 19. Me había robado un par de libros... En la ruta de Jack Kerouac y un ensayo del siglo XX por Alan Badiou pero lo más importante, era el haber recuperado el viejo "Juguete Rabioso" de Arlt. Desde que, había llegado a Buenos Aires, lo había vendido y recuperado una dos o tres veces.
La primera vez que lo vendí, sentí una tristeza honda, parecida al dejar a alguien muy querido en el medio de una plaza publica prometiéndole que desde luego, algún día,llegarìa el reencuentro. Prometiendo que el amor recuerda y que, sabe de tesoros que se vuelven a buscar. Pero, sabiendo que esa misma promesa es también, ilusión. Cada vez que vendía un libro, tenía la intuciòn de que ahí estaba abandonando a otro libro, que me esperaría sobre un anaquel, cual doña rosita la soltera.
Lo vendía por unos pocos billetes (Es sabido que los usureros hacen de la necesidad su negocio)pero eso no justificaba, ni mi venta ni el posterior hurto para "recuperar" lo perdido, lo vendido por dos pesos. "La necesidad es hereje", pensaba. "El fin justifica los medios", decìa. ¡Son usureros!, me apaciguaba en la culpa. "la cultura al alcance de todos" profesaba. "Es justo" sentía, y una eseranza me dibujaba como un Robin Hood de mí mismo.
Pero nada de eso alcanzaba...Ahí estaba dejando ese libro, prometiéndole un regreso... casi como si yo mismo fuese el padre que besa la frente de su hijo, sube al barco y se pierde en el mar. Casi como si estuviese repitiendo la historia, antes de que papá durante mi infancia, comenzara a viajar a China, a Japón... vaya a saber.
Sabía que, que aunque algún que otro vaivén me permitiese volver a adquirir el libro como tal, no recuperarìa "ese" particular libro. "Ese" que había sido hojeado por mamá. "Ese" libro particular y especial que yo había encontrado alguna vez en la biblioteca de la casita de córdoba, entre otros muchos otros libros, apilados, de edición barata. "Ese" libro que jamás iba a olvidar, y que tenía en la primera pàgina, "esa" particular dedicatoria a mamá, en la que alguien le decía no sé qué de la felicidad de los cumpleaños y de los nacidos en el mes de Acuario..."La felicidad" Una tremenda estupidez que no podìa decir alguien que realmente hubiese navegado esas páginas.Tampoco habrìa podido recuperar "ese" libro que luego de su primer dedicatoria, tenía otra, la de mamá traspando a es epequeño legado, esa pequeña herencia cultural, ahora a mí: "Me hubiese gustado poder darte más.Te amo. Mamá". Y yo, tirando toda esa.. historia por la borda. Por dos pesos.
Miraba los ojos de mi comprador,usurero y redentor... Analizaba sus estudiados gestos para demorar la transacciòn. Miraba sus pómulos chupados, sus poros grasientos, su bigote amarillo de nicotina, su seño de intelectual desvergonzado en la lucha por vivir. Y yo pensaba, y algo de mí se apiadaba hacia ese ser que también detestaba...
Quizás el también vendío y abandonó libros, madres, hijos.. Quizás el también fue abandonado. Quizás también es un desesperado y el tiempo lo puso así de cruel, así de bestia cínica bien humana, demasiado humana.
Sus labios se torcían canallas, haciendo una mueca de disgutos al distinguir las letras de la dedicatoria de la primera y segunda página. Como si un eructo estuviese a punto de salir justo ahí donde se habían desparramado lágrimas de mamá entre la tinta con la que había escrito... ¡Justo ahí!El hacía ese cochino gesto! El profanaba el recuerdo y lo usaba a su favor para jugar con mi desesperación, para ganarme en precio. "A este ya lo tenemos bastante" decía, y lo manoseaba, en silencio. pasaba las páginas, mojándose con la lengua el índice. en la concha de la tinta de mamá. Yo miraba, estúpido, boquiabierto, inutil, impotente. "Cuánto te puedo dar por esto?" Decía como haciéndose el que había pensado en voz alta, como haciendo que me hacía un favor. Y yo sentìa por dentro la necesidad de escupirlo, de patear el mostrador y salir corriendo. Pero me aguantaba... Por esos cuantos pesos que eran la cena, que eran un café leyendo otro libro en un cafecito burgués, como si yo fuese uno más. Y finalmente,el comprador/usurero/redentor, desganado, decía un valor. Yo dudaba, simlando una dignidad, un orgullo que sabía perdido. Recordaba, me prometìa "Voy a volver a buscarte libro/mamá/infancia/hijo. Voy a volver a buscarte" Agarraba esos billetes sucios,miraba al viejo con odio contenido,iracundo. El me devolvía la misma mirada porque entendía, y luego yo sonreìa y decía "Gracias" y el también sonreìa y decía "volvé cuando quieras". Y yo me iba diciendo hacia adentro; ¡"Claro que voy a volver estúpido usurero"! Y le idea de un futuro que me redimiese de toda esa mugre se abrìa paso hacia mí, como una promesa, como una idea que me estallaba en el corazón, y dejaba libre, volando, soñando con cargar menos peso, menos lástima de mi mismo; "Claro que voy a volver". Y salía a la calle, casi tranquilo. Acariciando con asco los billetes en el bolsillo del pantalón de bolsillo anchos que luego me permitirìa robar en la misma librerìa, los libros que luego habría de vender ya sin dedicatorias, ya sin tinta ni recuerdo entre las manos. ya sin culpa. "Clkaro que voy a volver".
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